Amar Otra Vez

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No me había dado cuenta de esto hasta ahora; pero hoy, hace un año atrás, en Marzo del 2017, escribí esta historia. Allí duro mucho tiempo esperando para ser publicada, hasta que por fin decidí compartirla con ustedes. Espero que esta pequeña historia les toque su corazón.
Escuche que alguien dijo esto el otro día:
“Un corazón roto tiene la habilidad de volver a amar más plena y profundamente como nunca antes.”
No tienes idea de lo mucho que pensé sobre esto. Por tres semanas había un gran debate en mi mente, pero por fin llegue a una conclusión, y aquí esta:
Cuando el corazón se rompe, queda hecho pedazos. Miles de pedazos vuelan por todas partes, y después de un tiempo, alguien comienza a recogerlos uno por uno. Pero el tiempo ha pasado, y el viento y la lluvia ya se han llevado gran parte de ellos. Lo único que queda son los pedazos más grandes, que por un milagro sobrevivieron.
Es verdad, el corazón nunca podrá ser igual, pero allí es cuando la restauración comienza. Aquellos pedazos que se perdieron nunca van a ser recuperados, pero esos mismos son los que hacen lugar para el oro y piedras preciosas que van a llenar esos espacios vacíos hasta que el corazón este completo de nuevo—transparente, brillante y con venas de oro. Está completo, y listo para ser puesto en la vitrina otra vez.
Pero hay un cambio: ya no es simple porcelana o vidrio, tiene oro y piedras preciosas lo cual han hecho que su precio se aumente. Muchos pasan para admirar esta obra de arte. Muchos ofrecen grandes sumas de dinero para comprar esta joya, pero el dueño parece tomar su tiempo mientras camina entre la gente, buscando a la persona perfecta. El rechaza a muchos, aun siendo que su oferta es más que suficiente.
Al fin, el coge el corazón que está en esa caja aterciopelada y lo pone en las manos de su joven aprendiz.
“Pero Señor,” le dice el joven, “¡No tengo nada para ofrecer! No puedo aceptarlo.”
“Ah, pero hijo,” le dice, “Tienes lo más importante: el deseo de aprender de mi para saber cuidarlo.”
Querido lector, ese corazón eres tú. El dueño es Dios mismo, y el aprendiz, bueno–él o ella es tu futuro/a esposo o esposa que trabaja en el taller de Dios aprendiendo cada día de Él.

 

 

 

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